Hoy es noche de martes. Lluviosa y tormentosa noche de martes. Son las 22.04 y hoy de nuevo las malditas preguntas rondan mi cabeza. ¿Qué demonios hago? Si salgo de este agujero es para empezar con algo nuevo pero… ¿realmente vas a poder empezar algo nuevo tú sólo? Siempre has vagado de un lado para otro, buscando trabajo… has crecido… ¿pero qué tienes al final? Haz una lista de las cosas que has sacado de provecho en todo este tiempo de vagancia en lo que a trabajo se refiere. Empresitas y empresitas. Bonitos despachos, bonitas fachadas. Ya sabes por experiencia que no te debes dejar llevar por nada en la maldita entrevista porque, a pesar de lo que la gente opina uno no tiene que mentir cuando va a una entrevista de trabajo… con esta porquería de sueldo y peor aún las condiciones laborales los que mienten son los que te entrevistan a ti. Nonono… quítate esa idea de la cabeza de salirte de nuevo a la aventura a buscar nuevos horizontes fuera del pueblo porque sabes perfectamente que ese camino lleva a cobrar 1, gastar uno. El típico empate absurdo y al que está expuesto toda la juventud con los mileuristas. Definitivamente, tienes que empezar a pensar en el futuro (ahora en serio) y dejar un lado esas empresitas de despacho a un lado. ¡Dales un patada si es necesario! Si te paras a pensarlo durante un par de minutos… NO MERECEN LA PENA. Deja esa saca de dinero que está en tu cabeza pensando en la bonita empresa que te vas a encontrar en las entrevistas (léase lobos con piel de cordero) y cálmate. Confórmate con una vida calmada, el bolsillo casi lleno y no lleno de billetes del Monopoly con los que tienes que pagar al casero…
Definitivamente, tienes que empezar con tu proyecto. Eso que tienes en la cabecita desde hace ya algunos años y que estás poco a poco sacando a flote. Ya has leído en muchos sitios que, lo mejor en la vida del picateclas es montar algo propio y dejar de trabajar para los demás… lo único que conseguirás es que te estrujen el cerebro y el bolsillo. Sí… ¿por qué no? Inténtalo. Quizá te quedes asombrado de el alcance de tus ideas.
Si estás en este momento leyendo estas líneas, seguramente estarás pensando: ¿qué demonios escribes? No, no estoy loco… solo hablo en voz baja conmigo mismo.







